febrero 26, 2003
Estoy sorprendido con la corrección de Daniel.
La final que Tigres ganó en penales al Atlante fue en 1982 y no en 1979 como yo creía. Sólo de enterarme, sufrí una carambola en la niñez, porque has de ver cuántas situaciones concluyentes tengo atadas a fechas, entre otras cosas porque en 1982 llegué a Tijuana con mi familia, un evento que no me parece tan lejano como aquella final que ganó Tigres. Y ahora me entero que fue el mismo mes. Estoy que me mareo. Ese partido formaba parte (hasta hoy, que leí tu corrección) de la Antigüedad y ahora lo has entrometido en la Edad Media de mi vida, o más poéticamente: lo has puesto al mediodía de mi vida, para citar a Nietzche. Pero con tu observación, la duda de por qué no me hice Tigre sino Puma se resolvió. No me hice Tigre porque ya era Puma desde el año anterior.
¿Me lo captas? El respeto a Barbadillo, Orduña, Bravo y Tomás Boy permanece, pero nada más. Las marcas que me dejaron Hugo Sánchez, Manzo y Ferreti son otra cosa, algo que da calor a mi organismo y no es metáfora. Era cosa de ver a un buen citólogo: en mí había células nuevas. Más notorio todavía lo de Manuel Negrete, de quien tomé cada gesto atlético y aprendí, con esmero académico, su menú de sutilezas (excepto la media chilena). Del trote "chompiresco" de Negrete brotaba un hilo orgánico que, por años, entró de lleno al mío. Un conducto umbilical que alimentó decisiones y pausas, no sólo en el fútbol. Eso es química. Negrete cambiaba de perfil con una facilidad asombrosa, pasaba de los más lindo, chutaba a los rincones, y a mí me daban ganas de aplicarlo en situaciones ordinarias, no averigues cómo. Cabe decir que invertí toda mi capacidad en jugar de zurdo, y más asombrosamente, de 10. Los resultados no fueron tan malos.
Pero no me interesa rehacer aficiones, no le veo caso. Si llega otra vez el apego sudoroso a un club, llegará y bienvenido. Pero habrá de ser un huracán o una enfermedad, que no lo veo posible. En eso de las militancias eternas soy un opositor. Creo que ciegan. Creo que enferman. Con mayor razón, rechazo mantener un afecto o una afición sólo porque la he tenido siempre o por regionalismos o por herencia de papá; no hablo sólo de fútbol. Respeto a quien dice "Nunca he cambiado" y tiene la claridad para aceptarlo, pero me da lástima quien dice "Nunca cambiaré". El confort y la nostalgia, dos palabras para cuidarse como decir sarna y sida. Hay mucho de confort (no de lealtad) en las aficiones que se juran a muerte. Por eso en mi opinión, hay que erradicar la militancia, el confort y la nostalgia de nuestros gustos (ey: el gusto hay que dejarlo siempre intacto, es tan frágil). En mi opinión.
Me aficiona quien me convence. Del fútbol mexicano me han convencido (y conquistado, que es el segundo paso) el América de Leo Benhakker, las Chivas de Tuca Ferreti 1997 y más hondo el Atlas de Lavolpe 1998-2000 (el mejor equipo mexicano que he visto). Esta temporada ninguno. En Europa me fascina el Valencia español y el Arsenal inglés, aunque creo que la Champions League van a tener que arrebatársela al Real Madrid y al Manchester United, no sé si puedan. Último ejemplo de "conversión inmediata": con el juegazo que dieron ayer los supersónicos hiperpagados megaestrellas del Real Madrid vs Borussia Dormund (1-1), me conquistaron, y me siento con todo el derecho de ser hincha merengue hasta que el cuerpo aguante. O hasta que irrumpa algún otro. O hasta que broten nuevas células.
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mr_phuy@mail.com
La final que Tigres ganó en penales al Atlante fue en 1982 y no en 1979 como yo creía. Sólo de enterarme, sufrí una carambola en la niñez, porque has de ver cuántas situaciones concluyentes tengo atadas a fechas, entre otras cosas porque en 1982 llegué a Tijuana con mi familia, un evento que no me parece tan lejano como aquella final que ganó Tigres. Y ahora me entero que fue el mismo mes. Estoy que me mareo. Ese partido formaba parte (hasta hoy, que leí tu corrección) de la Antigüedad y ahora lo has entrometido en la Edad Media de mi vida, o más poéticamente: lo has puesto al mediodía de mi vida, para citar a Nietzche. Pero con tu observación, la duda de por qué no me hice Tigre sino Puma se resolvió. No me hice Tigre porque ya era Puma desde el año anterior.
¿Me lo captas? El respeto a Barbadillo, Orduña, Bravo y Tomás Boy permanece, pero nada más. Las marcas que me dejaron Hugo Sánchez, Manzo y Ferreti son otra cosa, algo que da calor a mi organismo y no es metáfora. Era cosa de ver a un buen citólogo: en mí había células nuevas. Más notorio todavía lo de Manuel Negrete, de quien tomé cada gesto atlético y aprendí, con esmero académico, su menú de sutilezas (excepto la media chilena). Del trote "chompiresco" de Negrete brotaba un hilo orgánico que, por años, entró de lleno al mío. Un conducto umbilical que alimentó decisiones y pausas, no sólo en el fútbol. Eso es química. Negrete cambiaba de perfil con una facilidad asombrosa, pasaba de los más lindo, chutaba a los rincones, y a mí me daban ganas de aplicarlo en situaciones ordinarias, no averigues cómo. Cabe decir que invertí toda mi capacidad en jugar de zurdo, y más asombrosamente, de 10. Los resultados no fueron tan malos.
Pero no me interesa rehacer aficiones, no le veo caso. Si llega otra vez el apego sudoroso a un club, llegará y bienvenido. Pero habrá de ser un huracán o una enfermedad, que no lo veo posible. En eso de las militancias eternas soy un opositor. Creo que ciegan. Creo que enferman. Con mayor razón, rechazo mantener un afecto o una afición sólo porque la he tenido siempre o por regionalismos o por herencia de papá; no hablo sólo de fútbol. Respeto a quien dice "Nunca he cambiado" y tiene la claridad para aceptarlo, pero me da lástima quien dice "Nunca cambiaré". El confort y la nostalgia, dos palabras para cuidarse como decir sarna y sida. Hay mucho de confort (no de lealtad) en las aficiones que se juran a muerte. Por eso en mi opinión, hay que erradicar la militancia, el confort y la nostalgia de nuestros gustos (ey: el gusto hay que dejarlo siempre intacto, es tan frágil). En mi opinión.
Me aficiona quien me convence. Del fútbol mexicano me han convencido (y conquistado, que es el segundo paso) el América de Leo Benhakker, las Chivas de Tuca Ferreti 1997 y más hondo el Atlas de Lavolpe 1998-2000 (el mejor equipo mexicano que he visto). Esta temporada ninguno. En Europa me fascina el Valencia español y el Arsenal inglés, aunque creo que la Champions League van a tener que arrebatársela al Real Madrid y al Manchester United, no sé si puedan. Último ejemplo de "conversión inmediata": con el juegazo que dieron ayer los supersónicos hiperpagados megaestrellas del Real Madrid vs Borussia Dormund (1-1), me conquistaron, y me siento con todo el derecho de ser hincha merengue hasta que el cuerpo aguante. O hasta que irrumpa algún otro. O hasta que broten nuevas células.
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